El consultor en tecnología e inteligencia artificial, académico de la Universidad de Chile y autor del libro “El futuro llegó y no trae instrucciones”, analizó el impacto de la inteligencia artificial generativa en el mundo corporativo y jurídico. En conversación con Actualidad Jurídica, advirtió sobre los riesgos de delegar el juicio humano a los algoritmos y sostuvo que los profesionales deberán redefinir la forma en que generan valor en una economía cada vez más automatizada.
El 50% de las organizaciones tiene una gobernanza de datos nula o básica. Ante la llegada de la Inteligencia Artificial Generativa, ¿cuál es el mayor riesgo al que se enfrentan las empresas?
Hasta hace poco, la analítica se desarrollaba principalmente sobre datos propios y estructurados, y las áreas de datos cumplían un rol de soporte dentro de las organizaciones. Con la irrupción de modelos fundacionales como ChatGPT, que se alimentan de enormes volúmenes de información disponibles en la red, esa dinámica cambió radicalmente.
El principal riesgo es que la inteligencia artificial entrega respuestas con un alto nivel de seguridad aparente, generando la sensación de que se trata de verdades absolutas. Sin embargo, esos resultados también pueden contener sesgos importantes.
Muchas organizaciones están comenzando a aceptar esas respuestas sin cuestionarlas. A ese fenómeno lo llamo “sedentarismo cognitivo”. Cuando dependemos excesivamente de la eficiencia y rapidez de la tecnología, dejamos de ejercer nuestro pensamiento crítico y comenzamos a perder autonomía en la toma de decisiones.
¿Qué ocurre con la responsabilidad legal cuando se delegan decisiones en la tecnología?
Aquí aparece un problema complejo relacionado con la ilusión de control y la transferencia de responsabilidades.
Antes, si un contrato estaba mal redactado, era relativamente sencillo identificar quién debía responder por ese error. Hoy la situación es más difusa. Si un algoritmo genera un resultado incorrecto, surge inmediatamente la pregunta sobre quién asume la responsabilidad.
Durante años se debatió incluso la posibilidad de otorgar personalidad jurídica a ciertos sistemas automatizados. Esa idea fue descartada porque la responsabilidad debe recaer en las personas que diseñan, implementan, supervisan y auditan estos sistemas.
Actualmente ya existen casos en que documentos elaborados con apoyo de inteligencia artificial han generado errores o incumplimientos por falta de revisión adecuada. Por eso, no puedes delegar tu responsabilidad legal en la tecnología. La capacidad de cuestionar, verificar y auditar los resultados sigue siendo una tarea humana.
Hoy la tendencia apunta hacia los agentes autónomos, sistemas capaces de ejecutar acciones además de generar contenido. ¿Cómo cambia esto el panorama?
La conversación en muchas organizaciones ya no gira en torno a si utilizar inteligencia artificial, sino a cómo implementar agentes autónomos.
Estos sistemas toman decisiones y ejecutan acciones basándose en parámetros previamente definidos. El verdadero desafío consiste en determinar qué estamos dispuestos a delegarles.
El ejemplo clásico es el vehículo autónomo. Frente a una situación crítica, el sistema debe tomar decisiones que involucran dilemas éticos complejos. Sin embargo, esos criterios no los define el algoritmo por sí solo; son definidos por quienes diseñan el sistema.
Por eso, los profesionales deben dejar de verse como simples ejecutores de tareas y asumir un rol mucho más relevante como supervisores y auditores críticos de procesos automatizados.
Esto supone una crisis de identidad para muchas profesiones. En el caso de los abogados, ¿cómo impacta en el modelo de negocio tradicional?
Existe un desafío profundo respecto de la identidad profesional.
Durante décadas, gran parte del valor de los abogados estuvo asociado al conocimiento acumulado y a la experiencia adquirida a lo largo de los años. Sin embargo, hoy gran parte de ese conocimiento está disponible y accesible a través de herramientas tecnológicas.
El valor ya no está únicamente en lo que una persona sabe, sino en su capacidad para interpretar información, resolver problemas complejos y construir soluciones hacia el futuro utilizando estas herramientas.
En el ámbito jurídico, esto tensiona directamente el modelo tradicional de cobro por horas. Si una tarea que antes requería varias horas de trabajo ahora puede realizarse en pocos minutos gracias a la inteligencia artificial, resulta inevitable replantear la forma en que se genera y se cobra valor.
Los estudios jurídicos tendrán que avanzar hacia esquemas que reconozcan la calidad de las soluciones entregadas y el valor agregado aportado al cliente, más que el tiempo invertido en cada tarea. Esto implica cambios financieros, operacionales y culturales significativos para la industria.
Detrás de todo este desarrollo existe un pequeño grupo de compañías tecnológicas con enorme influencia global. ¿Existe una dimensión geopolítica en la inteligencia artificial?
Absolutamente.
Detrás de estas tecnologías existen organizaciones que concentran niveles de poder comparables a los de las grandes industrias estratégicas del siglo XX.
Las discusiones sobre inteligencia artificial no son únicamente tecnológicas. También involucran intereses económicos, visiones ideológicas, seguridad internacional y disputas por el control de la información.
Las diferencias entre empresas como OpenAI y Anthropic, los debates regulatorios que se están desarrollando en distintas regiones del mundo y las intervenciones de líderes políticos y religiosos reflejan que estamos frente a una discusión mucho más amplia sobre el futuro de nuestras sociedades.
Las conversaciones sobre ética, regulación y seguridad son, en gran medida, discusiones sobre distribución de poder.
¿Cómo debe prepararse el profesional ante este escenario?
Acabo de publicar el libro El futuro llegó y no trae instrucciones, una obra que precisamente busca ayudar a comprender este nuevo escenario.
Mi propuesta es que no basta con aprender a utilizar herramientas o dominar técnicas específicas. El verdadero desafío consiste en replantear nuestros modelos mentales y comprender cómo está cambiando el mundo.
Necesitamos desarrollar nuevas capacidades para generar valor, adaptarnos a entornos cada vez más dinámicos y aprovechar el potencial de estas tecnologías sin perder aquello que nos hace humanos.
En definitiva, el activo más importante seguirá siendo nuestro juicio crítico.






