La protección de datos personales en la industria del fútbol moderno

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Cuando el Brighton & Hove Albion, equipo de la Premier League inglesa, fichó a Alexis Mac Allister desde Argentinos Juniors en 2019, ya contaba con una carpeta de 72 páginas sobre él. Su padre, un lateral con una razonable trayectoria en el fútbol argentino, reveló que el informe incluía no solo métricas deportivas y datos inferidos con proyecciones de rendimiento, sino también el nombre de su pareja, publicaciones en redes sociales y antecedentes familiares. El jugador, presumiblemente, ignoraba que esa información había sido recolectada y procesada. Tampoco sabía quién la había compilado, con qué herramientas, ni qué otros usos podría tener ese perfil construido sobre su persona.

En el fútbol moderno, los datos de un jugador se generan en múltiples fuentes —partidos, entrenamientos, redes, registros médicos, dispositivos vestibles (wearables)— y son capturados por actores diversos con finalidades propias: una empresa de scouting vende el perfil a varios clubes; una casa de apuestas construye factores de multiplicación con esas estadísticas. El caso de Tony Bloom, dueño del Brighton y accionista de varios clubes de fútbol en Escocia, Bélgica y Australia, fundador de una empresa que gana dinero apostando, y que participa de una empresa que presta servicios de foobtall analytics a decenas de clubes alrededor de todo el mundo (Jamestown Analytics), ilustra cómo esa información se puede llegar a concentrar en pocas manos, sin control alguno de los principales protagonistas del deporte rey.

Como vimos en el ejemplo, la información que se recolecta de los jugadores no se queda, habitualmente, sólo en manos de su club: alimenta a plataformas de scouting, casas de apuestas, empresas de videojuegos y medios, en un mercado donde el rendimiento del cuerpo del atleta se transformó en mercancía. En Argentina, ya se advirtió la tensión entre una industria dataificada y la modernización de los estándares de protección de datos de la jurisdicción trasandina. En el Reino Unido, el Project Red Card, que involucra a más de cuatrocientos futbolistas reclamando por el uso no consentido de sus estadísticas, hizo de esta tensión un litigio colectivo.

En Chile, esa conversación llega tarde, pero llega con fuerza. El 1 de diciembre de 2026 entra en plena vigencia la Ley 21.719, que modifica la ley 19.628, y que adecua nuestro estándar con el Reglamento General de Protección de Datos europeo. Para los futbolistas, hombres y mujeres, el cambio es radical. Buena parte de la información que los clubes recolectan de sus jugadores —datos personales de rendimiento, datos biométricos y de salud— está protegido por esta nueva regulación. La principal causal que habilita el tratamiento de datos en el sector privado es el consentimiento, que está contenido en el contrato de futbolista profesional (regulado por la ley 20.178), y que configura a los clubes en los principales responsables por las actividades de tratamiento. Ese consentimiento, para ser válido, debe ser libre, específico e informado, estándares que serán significativamente más exigentes en el nuevo marco. Revisando el modelo de contrato que se debe registrar tanto ante la Dirección del Trabajo como ante la ANFP, queda más o menos claro que las habilitaciones genéricas hoy contenidas en los contratos quedarán jurídicamente expuestas a reclamos y potenciales sanciones. Además, la ley reconoce el derecho a no ser objeto de decisiones basadas únicamente en tratamiento automatizado, incluyendo garantías o salvaguardas de explicación, intervención humana y revisión. Si un modelo predictivo de riesgo de lesión incide en una renovación o una transferencia, el jugador podrá exigir saber cómo se decidió.

Como estos derechos siguen al dato con independencia de quién lo posea, alcanzan también a las empresas de scouting, casas de apuestas, betting syndicates (empresas que ganan dinero apostando), plataformas de videojuegos y demás terceros que hoy construyen perfiles sin conocimiento del jugador. En este contexto, la pieza institucional es decisiva: la nueva Agencia de Protección de Datos Personales dota a esos derechos de un mecanismo real de tutela. Ante ella, cualquier jugador podrá reclamar contra un club o un tercero, y la Agencia tendrá potestad para investigar de oficio, ordenar el cese del tratamiento y sancionar con multas significativas a los responsables. Por primera vez, el futbolista deja de depender de la buena voluntad de quien lo observa para saber qué se sabe de él y para decidir quién puede recolectar, procesar y explotar comercialmente los datos que su propio cuerpo y rendimiento generan.

Aun así, en este escenario de avances, es importante reiterar que los derechos individuales rara vez corrigen asimetrías estructurales, brechas de información y poder que prevalecen en la industria del fútbol profesional hiperdataificado. La opción más efectiva es la acción colectiva y el diálogo social, como lo ilustran años de movimientos sociales y sindicales logrando avances significativos en diversas áreas. La NBA y la NFL ya pactaron con sus respectivas asociaciones de jugadores que los datos recolectados con ocasión de la relación laboral no se pueden usar en negociaciones contractuales. El FIFPRO, la asociación de jugadores de fútbol que tiene mejor diálogo con la FIFA, avanza en un modelo que permita a los jugadores gestionar y monetizar sus datos personales. En el caso chileno, el SIFUP está llamado a jugar un rol relevante en este sentido, llamando a los clubes/empleadores a respetar la ley y a sentarse en la mesa con la nueva entidad que gestionará la liga profesional, que deberá rendir cuentas por la cantidad de dineros e información que maneja.

El fútbol profesional moderno, incluyendo el caso chileno, constituye una anticipación de lo que podríamos llegar a ver en pocos años en otros sectores de una economía empujada en diversos ámbitos a digitalizar sus procesos a partir del procesamiento masivo de datos. Estudiar las tensiones y conflictos que se pueden dar en un espacio laboral hiperdataificado, y que además forma parte de una cadena global de producción de datos e información valiosa para un sinnúmero de actores, es más urgente que nunca.

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