Quienes llevamos más de dos décadas —en mi caso, cerca de veinticinco años— enseñando Derecho Procesal sabemos que la docencia no es una actividad estática, sino un ejercicio permanente de ajuste. Ajuste a los tiempos, a los estudiantes, a las exigencias institucionales y, por cierto, a la propia evolución del sistema de justicia. Sin embargo, pocas veces como hoy esa necesidad de flexibilidad se vuelve tan evidente —y tan urgente— como en el actual escenario de la educación jurídica de pregrado.
Las mallas curriculares se han comprimido. Los calendarios académicos están cada vez más tensionados. A ello se suman directrices transversales que, con buenas razones, buscan fortalecer competencias diversas: habilidades comunicativas, pensamiento crítico, trabajo en equipo, ética profesional, entre otras. El resultado es conocido por cualquiera que pisa una sala de clases: el tiempo para enseñar Derecho Procesal —y en particular sus áreas más densas— es objetivamente limitado.
Frente a este escenario, persistir en la pretensión de “cubrirlo todo” no solo es irreal, sino que puede terminar siendo contraproducente. La vieja aspiración de recorrer exhaustivamente cada institución, cada clasificación, cada discusión doctrinaria, responde a un modelo de enseñanza que hoy simplemente no dialoga con las condiciones reales en que se desarrolla la docencia. Pretenderlo es, en los hechos, condenarse a la superficialidad disfrazada de completitud.
Pero esta estrechez de tiempo, que en principio aparece como un problema, puede —y debiese— ser leída también como una oportunidad. Una oportunidad para depurar. Para priorizar. Para reordenar la enseñanza desde lo esencial hacia lo accesorio. Y, sobre todo, para reconectar el aprendizaje del Derecho Procesal con aquello que verdaderamente importa: su aplicación práctica.
Porque si algo enseña la experiencia —no solo desde la academia, sino también desde el ejercicio profesional y la función jurisdiccional— es que lo relevante no es cuánto contenido se “pasa”, sino cuánto de ese contenido es realmente comprendido, retenido y, luego, utilizado con sentido por quienes egresan de nuestras facultades.
En este contexto, parece cada vez más claro que resulta utópico —y probablemente innecesario— aspirar a que los estudiantes dominen la totalidad de los tópicos que tradicionalmente han integrado los programas de Derecho Procesal. Más sensato es apostar por que, al término de sus cursos, manejen con solvencia los núcleos duros de la disciplina: la lógica del proceso, las garantías del debido proceso, las estructuras básicas de los procedimientos, y las herramientas fundamentales que deberán utilizar en su desempeño profesional.
Ello supone, inevitablemente, un cambio de enfoque. Supone privilegiar el “saber hacer” por sobre el “saber decir”. Supone enseñar desde casos, desde problemas, desde escritos reales, desde audiencias simuladas, cuando corresponda. Supone, en definitiva, que el estudiante entienda qué se le va a exigir cuando esté ejerciendo.
Lo demás —los detalles más finos, las discusiones más especializadas, las excepciones más infrecuentes— no desaparecen, pero cambian de lugar. Dejan de ser el centro de la enseñanza de pregrado para convertirse en un espacio de profundización posterior, al que el egresado podrá acudir cuando el caso concreto así lo demande. Porque el ejercicio del Derecho —y en particular del Derecho Procesal— es, en buena medida, un aprendizaje continuo.
Flexibilizar, entonces, no es bajar el estándar. No es simplificar en el mal sentido. Es, por el contrario, exigir con mayor inteligencia. Es reconocer que formar buenos abogados no pasa por saturarlos de información, sino por dotarlos de criterios, de herramientas y de una comprensión clara de lo que hacen y por qué lo hacen.
A estas alturas, insistir en programas enciclopédicos puede tranquilizar a quien enseña, pero difícilmente sirve a quien aprende. La verdadera responsabilidad docente —especialmente en disciplinas como la nuestra— está en seleccionar, en jerarquizar y en enseñar con propósito. Porque, al final del día, más que saberlo todo, lo que importa es saber lo necesario… y saber usarlo bien cuando corresponde.






