Existe una paradoja de la que no se habla que recorre las Universidades: cuanto más sabe la academia y los académicos, más difícil le(s) resulta explicar lo que sabe(n). Y no se trata de soberbia ni de mala fe. Es un fenómeno cognitivo estudiado hace décadas por la psicología y la economía conductual: la llamada maldición del conocimiento.
En términos sencillos, consiste en la dificultad que tiene un experto para imaginar cómo piensa alguien que no domina su disciplina. Una vez que comprendemos una teoría, internalizamos una categoría o automatizamos un razonamiento, nos resulta casi imposible reconstruir el estado mental previo a esa comprensión. De alguna manera, el conocimiento experto adquirido borra el recuerdo vívido de la ignorancia anterior.
En la academia, esta maldición se traduce en un riesgo permanente: hablar para pares cuando creemos hablar para estudiantes de grado o para la ciudadanía; escribir para la publicación de un paper en una revista indexada cuando creemos comunicar; sofisticar el lenguaje hasta volverlo inentendible.
El problema no es el rigor. El problema es la desconexión.
Las disciplinas – y el Derecho no es la excepción – desarrollan un vocabulario técnico necesario. Las categorías, las distinciones, las construcciones dogmáticas cumplen funciones esenciales. Pero cuando el lenguaje se vuelve autorreferente y pierde vocación explicativa, el conocimiento deja de ser puente y se convierte en un muro impenetrable.
La maldición del conocimiento en la academia adopta, al menos, tres formas reconocibles.
Primero, la ilusión de claridad. El académico cree haber sido transparente porque ha sido preciso. Pero precisión no equivale a comprensión. Una explicación puede ser técnicamente impecable y pedagógicamente inútil.
Segundo, la sobreestimación del contexto compartido. Se dan por supuestos conceptos, debates y antecedentes que el interlocutor simplemente no posee. La conversación parte varios escalones más arriba de lo que la audiencia puede sostener.
Tercero, la desconexión pública. En tiempos de sobreinformación y polarización, la incapacidad de traducir conocimiento experto a lenguaje accesible deja el espacio público en manos de simplificaciones o eslóganes.
¿Cómo avanzar sin caer en la banalización ni en el populismo intelectual?
La primera vía, a nuestro juicio, es asumir que comunicar es una competencia académica central, no una habilidad ornamental. Explicar bien exige más trabajo que hablar difícil. Obliga a ordenar las ideas, identificar lo esencial y prescindir de la jerga técnica innecesaria.
La segunda es practicar la explicitación del razonamiento. Los expertos suelen omitir pasos porque los consideran obvios. Pero hacer visible el proceso – cómo se formula el problema, cómo se seleccionan los criterios, cómo se descartan alternativas – permite que otros aprendan a pensar, no solo a repetir conclusiones.
La tercera es diseñar formatos que conecten con públicos diversos sin sacrificar profundidad. La academia no puede limitar su voz a artículos especializados. Necesita espacios de traducción responsable del conocimiento.
En este sentido, nos resulta especialmente valioso haber consolidado experiencias que han entendido que la claridad no es enemiga del rigor. Un ejemplo notable es el programa Código Claro: derecho a entender, emitido por UtalcaTV, que este año estrenará su tercera temporada.
El título no es casual: “Código Claro: derecho a entender”. La premisa es sencilla pero poderosa: los temas jurídicos – muchas veces percibidos como opacos o inaccesibles – pueden explicarse con claridad sin trivializarlos. Se trata de abrir el razonamiento jurídico al público general, mostrar cómo funcionan las instituciones, por qué importan ciertas decisiones y qué efectos concretos tienen en la vida cotidiana.
Lo interesante no es solo el formato televisivo, sino la convicción que lo inspira: el conocimiento especializado tiene una dimensión pública. No basta con producirlo; es necesario hacerlo inteligible para todos, especialmente en una Universidad pública, como la Universidad de Talca.
Iniciativas como esta rompen el círculo de la maldición del conocimiento porque obligan al experto a realizar un ejercicio que al final del día resulta muy saludable: preguntarse constantemente qué sabe su audiencia, qué necesita saber y cómo explicarlo y a qué ritmo sin perder sustancia. Esa flexibilidad intelectual fortalece también la labor académica.
La academia enfrenta hoy desafíos evidentes: inteligencia artificial generativa, crisis de confianza institucional, demandas de transparencia y pertinencia social. En ese contexto, aferrarse a la opacidad discursiva no es una señal de excelencia, palabra muy manoseada, sino de brutal desconexión.
La verdadera autoridad académica no reside en hablar difícil, sino en hacer comprensible lo complejo.
Superar la maldición del conocimiento no implica simplificar el pensamiento, sino refinar la capacidad de traducirlo. Implica recordar que todo experto fue, alguna vez, aprendiz; que todo concepto sofisticado nació para resolver un problema real; que la función pública del saber exige e impone claridad.
Si la Universidad aspira a seguir siendo relevante, deberá asumir que comunicar bien no es una concesión, sino una responsabilidad. Y que programas como Código Claro: derecho a entender no son una excepción pintoresca, sino una señal del camino que la academia necesita recorrer con mayor extensión y decisión.







