03-10-2022
HomeOpiniónPerder la memoria: Capítulo II

Perder la memoria: Capítulo II

Fue relativamente difícil convivir con la idea de vacío. De alguna manera entendió casi al cuarto día de silencio de las máquinas y de su trabajo, que su mente estaba vacía.

Se mantenía la quietud y los mensajes de información eran de hace tres días y decían que los servicios serían repuestos pronto.

No recordaba el número de teléfono de su casa de la niñez. No recordaba su número de identidad nacional. Antes, hace años, todos conocían y repetían un número larguísimo. El de él comenzaba con 28 millones. Pero cuando era niño, se redujo todo a un código que primero estaba en una especie de tarjeta y que, luego, cuando cumplió la mayoría de edad fue habitualmente reemplazado por un chip subcutáneo que tenía toda la información personal: su número de identidad, sus vacunas, sus enfermedades y un largo y misterioso etcétera.

No recuerda con claridad el año en que llegaron por primera vez “los virus”. Bueno, es obvio que la humanidad ha convivido toda su existencia o casi toda su existencia con virus de diversos tipos. Pero pasadas las primeras décadas del siglo XXI ya fue habitual pensar en la vida como una permanente evitación de contagios por la aparición de pandemias incontrolables.

No podía recordar el año de la primera pandemia con precisión. En alguna época había pensado que su capacidad para recordar era buena. Tenía sueños muy vívidos de su época escolar, recordaba el olor de los momentos y sentía en su piel el calor del sol de la primavera de su adolescencia. Pero hace tantos años que la vida transcurre en códigos de programación y lejos de los otros que todo es el pasado en este sentido.

De alguna manera la memoria ha sido pensada, tradicionalmente como una cierta habilidad de acopio. Quienes piensan en la memoria de este modo se concentran en el cúmulo de datos que pueden mantenerse en algo así como un recipiente. El conocimiento humano se volcaba, entonces, en la construcción de distintos tipos de márgenes. El lenguaje era el principal. Como juez había visto que quienes eran perseguidos y marginados, habitualmente, tenían menos palabras en su mente para referirse a sus pensamientos. Recordaba que en el colegio le habían explicado que las personas más pobres del país tenían menos acceso a todo. Al dinero, por tanto, a la alimentación, a la habitación, a la información y, sobre todo, a las palabras. Los niños de los barrios pobres habían simplemente escuchado menos palabras que los niños de los barrios ricos. Esto que parecía una anécdota determinaba el destino de la humanidad.

Menos palabras en el mundo que rodeaba a esas mentes era igual a menos comprensión del mundo. Claro, no se trataba de que todo pobre fuera menos capaz intelectualmente, sino que el conocimiento de los pobres estaba mediado por una niebla que impedía referirse a los fenómenos de su propia experiencia. Entonces, olvidaban.

A todos nos pasa. Él mismo que había crecido en la clase alta y que había sido designado juez, tenía tantas dificultades para recordar ese verano en que se fue al norte y la conoció. Porque era innombrable la sensación de despertar en ese hotel barato con ella a su lado y sentir como respiraba suavemente cerca de él. Y como sus ojos permanecía cerrados incluso cuando ella estaba despierta. Había tanto de inefable en esos episodios que los estaba olvidando. A veces olvidaba la ropa que ella llevaba en uno de esos días cuando iban a comer una pizza cerca del mar. O se olvidaba que ella prefería siempre el té al café. Alguna vez, incluso, creyó recordarla tomando café negro frente a una ventana.

Mientras más intensa era la tensión entre las palabras y la experiencia más fácil se perdía la información. Lo veía a veces en las declaraciones de los testigos. Se pensaba antiguamente que el testigo que veía o presenciaba directamente los eventos sobre los que hablaba era mejor testigo. Un testigo presencial era mejor que un testigo de oídas. Al estudiar el impacto de la experiencia en los testimonios pudo advertirse que a mayor cercanía con el fenómeno peor era la información. La experiencia hace perder perspectiva. Permite construir intuiciones más sofisticadas, el piloto avezado manejaba mejor en abstracto sus reacciones ante el peligro, pero su avión, un día, se caería igual.

Después de ese verano tuvo varias aventuras. Y claro, era considerablemente más experimentado que esa vez, pero nunca volvió a perderse en el misterio. La coreografía de las relaciones personales se desplegaba con claridad ante él, pero había perdido sorpresa.

Igual con su trabajo. Ahora veía testigos, personas diciendo y contando cosas y sabía o parecía saber cuándo el software le diría que se trataba de un relato fiable o no. Por ejemplo, cuando recién comenzaba y escuchaba un testigo que entregaba muchos detalles, horas y señales en su historia, le parecía que claramente debía confiar. Pero el programa podía detectar el exceso de explicaciones y lo consideraba una falta. Nadie recuerda tan bien ningún evento, entonces, no podemos confiar en quien dice del pasado algo tan detallado. Claro, la vaguedad era un indicador obvio, pero el exceso de precisión también.

¿Cómo sabríamos quién miente ahora? Si las máquinas no nos pueden ayudar sólo tenemos nuestra intuición y por tanto nuestro cuerpo. Eso era. En el fondo, este silencio de las máquinas le dejó ver que frente al mundo contaba sólo con su cuerpo vacío de datos.

Comparte el contenido:
Escrito por

Abogado, Doctor en Derecho Universidad de Girona, Profesor Asociado de Derecho Procesal en la Universidad de Chile e Investigador Asociado de la Cátedra de Cultura Jurídica de la Universidad de Girona.