opinión

Durante años, las empresas concentraron sus esfuerzos en fortalecer directorios, sofisticar estructuras de compliance y profesionalizar la alta administración. La premisa parecía evidente: mientras más robustos fueran los mecanismos de supervisión y control, mayor sería la capacidad de las organizaciones para gestionar riesgos y sostener crecimiento en entornos exigentes.

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