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Reivindicando a los libros desde el mundo científico jurídico y social

opinión

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En un mundo dominado por la inmediatez del dato digital y de la información de todo tipo, no siempre con evidencia científica o, siquiera, con mediana rigurosidad intelectual, me parece imperativo reivindicar el valor de los libros como un soporte fundamental de las humanidades y, dentro de ellas, de las ciencias jurídicas y sociales.

Si asumimos, como creo ciertamente, que el derecho es una disciplina científica, parte central de las ciencias sociales y que aporta a ordenar la vida en sociedad, un libro no es un objeto suntuario, sino el equivalente a un laboratorio donde se sintetiza y valida conocimiento humano. En vez de probetas y microscopios, tenemos una portada, un índice y páginas que expresan ese conocimiento.

La UNESCO ha insistido históricamente en el valor del libro y la protección de sus autores como pilares de la libertad de expresión y la educación. Prueba de ello es que cada año el 23 de abril se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor en reconocimiento al poder de los libros como puente entre generaciones y culturas. Hoy, además, los podemos obtener en formatos variados que los hacen accesibles de manera casi universal.

En el ámbito socio jurídico, el poder de los libros adquiere una dimensión institucional. El desarrollo del derecho como ciencia no sería posible sin aquellas obras que, a lo largo de los siglos, han sistematizado normas y principios que hoy consideramos universales o desde donde parte la reflexión sobre la necesaria evolución de tantas instituciones o regulaciones jurídicas en su deber de adaptarse a los tiempos. Sería injusto nombrar algunos y omitir otros. Cualquier persona estudiosa del derecho y lo social seguramente tiene un libro, o varios, que le inspiró para desarrollar nuevo conocimiento o preguntarse sobre formas de interpretar las relaciones humanas.

Ese conocimiento también es científico ya que se obtiene mediante método: la observación, la experimentación y el razonamiento sistemáticos. Ello permite describir, explicar y predecir fenómenos, construyendo teorías basadas en evidencias comprobables y que pueden cambiar o precisarse en el tiempo con nuevas evidencias que surgen con más generación de conocimiento y nuevo trabajo científico.

El conocimiento sobre lo jurídico y social, expuesto en un libro, genera una cadena de valor que abarca desde la labor de quien investiga y enseña, hasta el trabajo de personas que editan, corrigen, registran en bibliotecas o estudian con ese libro. Desde esta mirada, un libro es parte del desarrollo económico y social de un país.

Para las nuevas generaciones, el libro debería representar conocimiento acumulado. Un punto de partida que permite hacia el futuro comprender la complejidad de cada tiempo sin repetir errores del pasado. La formación de capital humano avanzado en un país depende directamente de su capacidad para producir y consumir obras que desafíen el pensamiento vigente, de forma crítica y rigurosa.

Si bien hoy encontramos un nuevo aliado para generar o compartir conocimiento en los artículos de revistas científicas, un buen libro usualmente abona con una profundidad analítica que la jurisprudencia y la doctrina requieren para seguir revisando el derecho y su impacto en la vida de las personas, proporcionando marcos para el debate legítimo sobre las diferencias y, a partir de ellas, instalar mejoras a las instituciones y su funcionamiento.

No existe progreso real en un estado democrático sin el reconocimiento de las humanidades. El desarrollo tecnológico y económico es estéril si no va acompañado de una reflexión ética y jurídica sobre la convivencia. Las humanidades, plasmadas en parte en la literatura científica jurídica y social, son las que permiten interpretar la realidad de grupos en situación de mayor vulnerabilidad, diseñar políticas para favorecer la igualdad y fortalecer el estado de derecho. Los libros son ventanas a otro mundo: con cada nueva página nos presentan nuevas personas, nuevas culturas y nuevas ideas.

Reivindicar el libro es, en última instancia, apostar por un país que cultiva el pensamiento crítico necesario para una paz social duradera.

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