Escribimos esta columna en relación con la propuesta publicada el día 22 recién pasado, en El reporte Minero, de usar aguas desaladas para la recarga artificial de aguas subterráneas, para plantear dos dudas, que se refieren al potencial impacto ambiental y el costo que tendrían esas medidas.
De acuerdo con la definición dada por el Artículo 2 de nuestro Código de Aguas, las aguas subterráneas son aguas terrestres que están ocultas en el seno de la tierra y no han sido alumbradas. Esto significa que las aguas subterráneas son parte del ciclo hidrológico y corresponden a aguas que se infiltran en alguna parte de la cuenca y que se mueven en forma subterránea en dirección al océano. Pero por otro lado, también significa que las aguas subterráneas no están a la vista y por eso es tan difícil entender su naturaleza.
En efecto, las aguas subterráneas se originan en algún punto más alto de la cuenca, principalmente en las montañas, donde la lluvia o el caudal de los ríos infiltra. Esto significa que las gotas de agua atraviesan la superficie del suelo, penetrando entre los poros ocultándose de la vista del ser humano y dejando de estar alumbrada por el sol. Al infiltrar el agua comienza un largo viaje a una velocidad muy lenta porque debe escurrir entre las partículas del suelo, que generan una gran resistencia al paso del agua.
Lo anterior es un elemento clave para entender las aguas subterráneas, pues se mueven muy lento, avanzando sólo algunos centímetros al día. Por esa razón, los acuíferos acumulan agua, amortiguando los períodos de mayor recarga y los períodos secos, generando caudales de afloramientos de agua subterráneas bastantes constantes.
Toda esta dinámica tan lenta, genera la evolución de los ecosistemas que dependen de los afloramientos, como son los bofedales, vegas y todo tipos de humedales. A lo largo de miles de años, los humedales y los organismos que viven en ellos se adaptan a las características del agua que aflora y por eso tenemos especies perfectamente adaptadas, por ejemplo, a las condiciones de alta salinidad en algunos puquios del norte de Chile, como los de Llamara.
Por esta razón una primera preocupación sobre el uso de agua desalada para recargar aguas subterráneas es que se debe cautelar el impacto sobre los ecosistemas dependientes de estas agua subterráneas, si recargamos con aguas de calidad muy diferente a la calidad del sistema natural. Por ejemplo, aguas mucho menos salinas que las naturales.
Ojo, el concepto de “agua de igual o mejor calidad” es relativo; porque en un humedal adaptado a aguas salinas, el recargar con aguas desaladas puede ser catastrófico.
De hecho, en el Informe “Desalinización: oportunidades y desafíos para abordar la inseguridad hídrica en Chile”, del Comité Científico de cambio Climático (diciembre 2022) se concluye que la desalinización se presenta como una opción viable para avanzar en la seguridad hídrica de los distintos usos del agua considerando el consumo humano y saneamiento, para riego o agricultura, minería, energía, de uso industrial y también para fines de carácter multipropósito, sin considerar el uso ecosistémico (para la restauración de caudales en ríos y/o recarga de acuíferos). Se afirma que existe la necesidad de analizar cuidadosamente el medio y los ecosistemas para que el contraste de composición fisicoquímica con la masa de agua receptora no genere interacciones no deseadas en el medio. Las zonas donde ocurre la mezcla de aguas con características muy diferentes son químicamente activas y generan cambios importantes (pH, salinidad, composición iónica) tanto en la composición del agua como en el medio físico y ecológico. Esta práctica acarrea serios riesgos asociados para la biodiversidad. Si bien es esperable que el agua utilizada presente muy baja o nula carga microbiana (lo cual podría minimizar el riesgo de introducir especies exóticas en el ecosistema del acuífero), las propiedades del agua desalinizada a ser inyectada en el acuífero son muy distintas y no estará en equilibrio con el agua del acuífero. Y no existen, a la fecha, recomendaciones internacionales para Chile (por ejemplo de la OCDE) para darle este uso.
Por lo mismo, el año 2024, cuando uno de los autores de esta columna fue invitada al Congreso Nacional para comentar el proyecto de ley sobre desalinización, sugirió ajustes a los textos y opinó que si bien es acertado que la autoridad pueda exigir al titular de un proyecto, en ciertos casos, dejar disponible hasta un 5% para consumo humano, no lo es que se estuviese proponiendo por otros expositores, considerar un porcentaje para uso ecosistémico, especialmente recargar aguas subterráneas.
Una segunda duda que se nos plantea es el costo beneficio de esta medida. Mucha gente tiene la imagen de que los sistemas de aguas subterráneas son una especie de cajas de arena, pero esto es una sobre simplificación. De hecho, lo único común que tienen los sistemas acuíferos en Chile es que son altamente heterogéneos y como no los podemos ver es difícil conocer las rutas que toma el agua recargada. Por esa razón, el Inciso 4° del Artículo 66 del Código de Aguas establece que la DGA podrá autorizar el uso de “parte” del agua recargada.
Las aguas desaladas se extraen del océano, por lo tanto, no son aguas terrestres, y para su uso deben ser bombeadas desde el océano, sometidas a un proceso de desalación y nuevamente bombeadas al punto donde serán usadas. Lo anterior significa que son aguas caras, porque se debe considerar el costo del bombeo y tratamiento y, además, las emisiones de este alto consumo de energía versus nuestras metas climáticas hacia la carbononeutralidad
Entonces ¿Cuál es el sentido de almacenar aguas de alto valor económico en un sistema donde una parte importante se va a perder y no podrá ser recuperada?
¿No sería más lógico almacenar esa agua en estanques superficiales donde se pueda controlar cada gota?
Bajo ese punto de vista, sería factible la recarga artificial usando agua desalada en la medida de que el valor alternativo de este uso supere el costo del agua. ¿Pero que paga ese valor?
Si es un uso ambiental, habría que evaluar también el posible daño ambiental que generaría la recarga artificial con aguas que no son naturales de la cuenca y que pueden afectar a los ecosistemas.






